Así transcurrió la 7ª edición del Shikillo Festival

 

Su progresivo crecimiento tanto en términos de público como de organización satisface a unos asistentes que, en el último rincón del Valle del Tiétar, han encontrado un evento que se ha ganado por derecho propio un hueco en la locura de los festivales estatales.

Su principal arma es un cartel más que interesante, con una agrupación en bloques con nombres de estilos parejos que hace más fácil el movimiento de masas y el trabajo de los medios. Trato cordial y comodidades para todos dejan un regusto satisfactorio cuando, 4 días después de su apertura de puertas, abandonas el recinto con una sonrisa de oreja a oreja. Todo esto a pesar de la enorme mella que habrá hecho en tu cuerpo las decenas de horas de conciertos y un calor sofocante que se intentó paliar con mangueras rociando al personal y con unas primeras actuaciones que retrasaron sus horas de inicio. A pesar de ello, alguna banda de apertura tuvo que vérselas con audiencias escasas.

El Shikillo mantiene intactas sus señas de identidad: diversidad musical, pocas aglomeraciones (a excepción del sábado, jornada en la que los tres puestos de comida se quedaron cortos), el encanto de la zona, los conciertos en las piscinas naturales que amenizan el día y la fiesta grande con dos escenarios paralelos en el Campo de Fútbol Municipal.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here